Introducción
Durante las últimas dos décadas, los entornos digitales se han incorporado progresivamente al ecosistema cotidiano en el que crecen y se desarrollan los niños y los adolescentes1,2. El acceso a dispositivos móviles, plataformas audiovisuales y redes digitales se produce cada vez a edades más tempranas, y el tiempo dedicado a estas actividades constituye actualmente una proporción significativa del tiempo de ocio infantil en numerosos países1,2.
El estudio de la relación entre entornos digitales y neurodesarrollo resulta especialmente relevante si se considera que la infancia y la adolescencia son periodos de elevada plasticidad cerebral3,4. Durante la primera infancia se producen procesos intensos de sinaptogénesis, poda sináptica y mielinización que sustentan la adquisición de funciones fundamentales como el lenguaje, la atención y la cognición social3,4. Por su parte, la adolescencia se caracteriza por una prolongada maduración de las redes frontoparietales y prefrontales implicadas en el control ejecutivo, la toma de decisiones y la regulación emocional5–7.
En los últimos años se ha descrito un incremento notable de los problemas de salud mental en la población infantojuvenil, fenómeno ampliamente reconocido tanto en la práctica clínica como en la literatura científica internacional8,9. Este contexto ha reforzado la preocupación por el posible impacto de los entornos digitales en el bienestar psicológico de los niños y los adolescentes, y ha impulsado la adopción de diversas recomendaciones y medidas desde ámbitos clínicos, educativos y regulatorios10.
Sin embargo, la posible afectación directa del neurodesarrollo como proceso biológico resulta mucho más compleja de estudiar. El desarrollo cerebral es un proceso prolongado y dinámico cuya evaluación requiere estudios longitudinales de larga duración y la realización de diseños experimentales controlados que comparen exposición y no exposición a entornos digitales, lo que plantea importantes limitaciones metodológicas y éticas4.
A pesar de estas dificultades, en los últimos años se ha desarrollado un volumen creciente de investigación que explora la relación entre exposición a pantallas y diferentes dimensiones del desarrollo infantil. Numerosos estudios longitudinales han encontrado asociaciones entre mayor exposición digital en la primera infancia y diferencias en indicadores del desarrollo cognitivo o lingüístico en etapas posteriores11–15.
El objetivo de esta revisión narrativa es analizar de manera crítica la evidencia científica disponible sobre la relación entre entornos digitales y neurodesarrollo a lo largo de la infancia y la adolescencia, así como integrar los principales mecanismos potenciales que podrían mediar estas asociaciones.
Neurodesarrollo y ventanas críticas del desarrollo cerebral
El desarrollo cerebral durante la infancia se caracteriza por una intensa reorganización estructural y funcional del sistema nervioso central16–18. En los primeros años de vida se produce una rápida proliferación sináptica seguida de procesos de poda sináptica que contribuyen a la especialización progresiva de los circuitos neuronales16. Estos procesos, altamente dependientes de la experiencia ambiental, permiten la adquisición progresiva de habilidades cognitivas, lingüísticas y socioemocionales fundamentales para el aprendizaje y la adaptación al entorno17,18.
El neurodesarrollo puede entenderse, por tanto, como un proceso dinámico en el que la organización de los circuitos cerebrales se ve modulada por las experiencias a las que el individuo se expone durante etapas sensibles del desarrollo19,20, y depende, en gran medida, de la participación activa del mismo en contextos de interacción social, exploración del entorno y aprendizaje progresivo.
En este largo y complejo proceso existen periodos sensibles o ventanas de especial plasticidad, durante los cuales determinados circuitos cerebrales muestran una mayor capacidad de modificación en respuesta a la experiencia ambiental19,20. Durante estas etapas, la exposición a estímulos específicos, como la interacción social, la estimulación lingüística y la exploración activa del entorno, contribuye de forma particularmente eficaz a la organización funcional de las redes neuronales implicadas en el lenguaje, la cognición social y las funciones ejecutivas21,22. Cuando tales experiencias se producen fuera de estas ventanas de máxima sensibilidad, el aprendizaje sigue siendo posible, pero suele ocurrir con menor eficiencia o mediante circuitos alternativos19,20. Así, cualquier factor ambiental que modifique de forma sistemática la naturaleza o la frecuencia de estas experiencias tempranas podría, al menos teóricamente, influir en la organización de los circuitos cerebrales en desarrollo.
El desarrollo temprano del lenguaje constituye uno de los procesos más sensibles a la experiencia ambiental20–23. Diversos estudios han demostrado que la exposición a interacciones comunicativas recíprocas entre el niño y sus cuidadores desempeña un papel clave en la adquisición del lenguaje20,21. Estas interacciones incluyen procesos de atención conjunta (joint attention), alternancia de turnos conversacionales y referencia compartida a objetos o eventos del entorno. La calidad y la frecuencia de estas interacciones contribuyen a la organización de redes neuronales implicadas en la comprensión y la producción del lenguaje21,22.
Paralelamente, durante la infancia se consolidan redes frontoparietales implicadas en el control atencional y el desarrollo de funciones ejecutivas24. Estas funciones incluyen habilidades como la inhibición conductual, la memoria de trabajo y la flexibilidad cognitiva, procesos que desempeñan un papel fundamental en el aprendizaje, la regulación del comportamiento y la adaptación a demandas cognitivas crecientes.
La adolescencia representa otra etapa clave del neurodesarrollo. Durante este periodo continúa la maduración de la corteza prefrontal y de sus conexiones con regiones subcorticales implicadas en la motivación y el procesamiento de recompensas5–7. Estos cambios contribuyen al desarrollo de habilidades cognitivas de orden superior, incluyendo la planificación, la toma de decisiones y la regulación emocional.
Los posibles mecanismos a través de los cuales los entornos digitales podrían interactuar con el neurodesarrollo y la relación entre ellos se resumen en la figura 1.
Figura 1. Modelo conceptual de los posibles mecanismos mediante los cuales los entornos digitales pueden influir en el neurodesarrollo infantil y adolescente. Los entornos digitales (pantallas, redes sociales, videojuegos, contenido digital y uso parental de dispositivos) pueden influir en el neurodesarrollo a través de distintos mecanismos. Entre ellos se incluyen las alteraciones del sueño, el desplazamiento de experiencias enriquecedoras fundamentales para el desarrollo, la interferencia tecnológica en las interacciones familiares (technoference) y la estimulación digital intensa asociada a contenidos altamente gratificantes. Estos mecanismos podrían interactuar con distintos dominios del neurodesarrollo, incluyendo la regulación emocional, la cognición social, el sueño y la atención, con posibles efectos diferenciales según la etapa del desarrollo.
Exposición digital y desarrollo cognitivo en la infancia temprana
En este contexto de elevada plasticidad cerebral y fuerte influencia del entorno en el desarrollo temprano, la creciente presencia de dispositivos digitales en la vida cotidiana de los niños ha suscitado un notable interés por comprender hasta qué punto la exposición a estos entornos podría influir en la trayectoria del desarrollo cognitivo.
Los estudios poblacionales han documentado que la exposición a dispositivos digitales en la actualidad comienza con frecuencia durante los primeros años de vida y aumenta progresivamente a lo largo de la infancia25–27. Este fenómeno ha motivado un número creciente de investigaciones destinadas a explorar la posible relación entre el uso de pantallas y diferentes dimensiones del desarrollo infantil, incluyendo el lenguaje, la atención, las funciones ejecutivas y la conducta socioemocional25–29. En conjunto, estos estudios han descrito asociaciones modestas, pero consistentes, entre mayores niveles de exposición digital durante los primeros años de vida y puntuaciones ligeramente inferiores en algunas medidas de desarrollo cognitivo o conductual en evaluaciones posteriores25–29. Aunque los estudios son mayoritariamente observacionales y no implican causalidad, la convergencia de resultados en diferentes contextos poblacionales ha contribuido a situar el uso de medios digitales como un posible factor ambiental relevante en el estudio del desarrollo temprano.
Cabe destacar la descripción en dichos estudios de posibles factores de confusión, como el nivel educativo de los cuidadores, las prácticas de crianza o la disponibilidad de oportunidades de estimulación cognitiva en el hogar, que podrían influir simultáneamente tanto en los patrones de uso de medios digitales como en el desarrollo infantil.
Asimismo, algunos autores han señalado la posibilidad de relaciones bidireccionales, en las que determinadas características del desarrollo infantil podrían influir también en los patrones de uso de medios digitales, lo que complica la interpretación causal de las asociaciones observadas27.
Entre los estudios más recientes destacan análisis derivados de grandes cohortes longitudinales internacionales, que representan una parte importante de la evidencia disponible en este campo. Los principales estudios que han explorado la relación entre exposición temprana a pantallas y desarrollo infantil se resumen en la tabla 1 (estudios longitudinales) y en la tabla 2 (revisiones sistemáticas y metaanálisis).
Tabla 1. Principales estudios longitudinales sobre exposición temprana a pantallas y desarrollo infantil
| Autor, año | Cohorte/país | n | Edad de exposición | Medida de exposición | Desenlace de desarrollo evaluado | Ajuste por confusores | Hallazgo principal | Limitaciones principales |
|---|---|---|---|---|---|---|---|---|
| Christakis et al., 200411 | National Longitudinal Survey of Youth, EE.UU. | 1278 | 1-3 años | Horas/días de televisión (reporte parental) | Problemas atencionales a los 7 años | Factores socioeconómicos y características familiares | Mayor exposición temprana a televisión se asoció con mayor probabilidad de problemas atencionales posteriores | Contexto mediático previo al ecosistema digital actual |
| Pagani et al., 201012 | Quebec Longitudinal Study of Child Development, Canadá | 1314 | 29 meses | Horas/día de televisión (reporte parental) | Rendimiento académico y conductual en primaria | Factores familiares y socioeconómicos | Mayor exposición temprana se asoció con menor rendimiento académico posterior | Medición basada en reporte parental sin caracterización del contenido mediático |
| Madigan et al., 201913 | Cohorte canadiense | 2441 | 2-3 años | Tiempo total de pantalla | Desarrollo infantil (ASQ) | Factores socioeconómicos, educación materna y características familiares | Mayor tiempo de pantalla se asoció con puntuaciones inferiores en evaluaciones posteriores del desarrollo | Diseño observacional y medición basada en tiempo total de pantalla |
| Tamana et al., 201915 | Child Cohort Study, Canadá | 2441 | 2-3 años | Tiempo total de pantalla | Síntomas de inatención en preescolar (CBCL) | Factores familiares y socioeconómicos | Asociación entre mayor tiempo de pantalla y mayor puntuación de inatención | Asociaciones pequeñas y medición basada en tiempo total de pantalla |
| Takahashi et al., 202314 | Japan Environment and Children’s Study (JECS), Japón | 7097 | 12 meses | Categorías de tiempo de pantalla | Comunicación, habilidades sociales y resolución de problemas a los 2 y 4 años | Nivel educativo parental, ingresos familiares | Mayor tiempo de pantalla se asoció con mayor riesgo de retrasos en comunicación y resolución de problemas | Diseño observacional y medición basada en categorías de tiempo de pantalla |
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Los estudios incluidos corresponden a cohortes longitudinales poblacionales que han explorado la asociación entre exposición temprana a pantallas o medios audiovisuales y distintos indicadores del desarrollo infantil en evaluaciones posteriores. En la mayoría de los estudios, la exposición se estimó mediante cuestionarios parentales sobre el tiempo diario de uso de pantallas. |
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Tabla 2. Revisiones sistemáticas y metaanálisis sobre exposición digital y desarrollo infantil
| Autor, año | Tipo de estudio | N.º de estudios incluidos | Población | Desenlace analizado | Principales hallazgos | Limitaciones señaladas |
|---|---|---|---|---|---|---|
| Madigan et al., 201913 | Metaanálisis | 42 | Primera infancia | Desarrollo cognitivo y conductual | Mayor tiempo de pantalla se asoció con puntuaciones ligeramente inferiores en algunas medidas de desarrollo | Heterogeneidad metodológica entre estudios |
| Massaroni et al., 202325 | Revisión sistemática | 19 | Niños < 6 años | Desarrollo del lenguaje | Mayor exposición a pantallas se asoció con peores resultados lingüísticos en varios estudios | Variabilidad en la medición de exposición digital |
| Mallawaarachchi et al., 202426 | Revisión sistemática | 33 | Infancia temprana | Desarrollo cognitivo y socioemocional | Evidencia heterogénea con asociaciones pequeñas e inconsistentes | Diseños observacionales predominantes |
| Nwachukwu et al., 202527 | Revisión sistemática | 27 | Infancia temprana | Desarrollo cognitivo y lenguaje | El impacto de las pantallas depende del contexto de uso y la interacción con cuidadores | Escasez de estudios longitudinales de alta calidad |
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La tabla resume revisiones sistemáticas y metaanálisis recientes que han evaluado la relación entre exposición a pantallas o medios digitales y distintas dimensiones del desarrollo infantil, incluyendo el lenguaje, el desarrollo cognitivo y el funcionamiento socioemocional. En conjunto, estos trabajos describen asociaciones generalmente pequeñas y hay una considerable heterogeneidad metodológica entre ellos. |
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Antes incluso de la disponibilidad de estas cohortes recientes, algunos estudios pioneros ya habían sugerido una posible asociación entre la exposición temprana a medios audiovisuales, especialmente la televisión, y dificultades posteriores en el control atencional durante la infancia25. No obstante, los tamaños de efecto observados en este tipo de estudios fueron modestos, y ya describían posibles factores de confusión relacionados con el entorno familiar, el nivel socioeconómico y los hábitos parentales.
Dentro de las cohortes actuales, como el Japan Environment and Children’s Study (JECS), se han descrito asociaciones entre mayor tiempo de pantalla durante los primeros años de vida y peores resultados posteriores en dominios como comunicación, habilidades sociales y habilidades de la vida diaria durante la edad preescolar14. De forma similar, los estudios longitudinales en otras poblaciones han encontrado que trayectorias de exposición elevada a pantallas durante los primeros años de vida se asocian con puntuaciones más bajas en medidas de desarrollo cognitivo y socioemocional, especialmente en dominios como lenguaje, atención y memoria de trabajo26–29.
El desarrollo del lenguaje ha sido uno de los dominios más estudiados en este ámbito. Diversas revisiones sistemáticas y metaanálisis han descrito asociaciones entre mayor tiempo de exposición a pantallas durante la infancia temprana y menores habilidades lingüísticas26,27. Sin embargo, los estudios presentan una considerable heterogeneidad y sus resultados deben interpretarse teniendo en cuenta el contexto de uso de los dispositivos.
La literatura reciente sugiere que la exposición digital no debe considerarse como una experiencia homogénea. El tipo de contenido consumido, el grado de interacción durante el uso de dispositivos y la participación de los adultos en la experiencia digital del niño pueden modificar de manera significativa sus posibles efectos sobre el aprendizaje25–27. Algunos estudios han sugerido que el uso pasivo de contenido audiovisual podría asociarse con resultados diferentes de los observados cuando las pantallas se utilizan de forma interactiva o en contextos de covisionado con adultos1,23,25.
Las funciones ejecutivas también han sido objeto de investigación en relación con el uso de pantallas. Algunos metaanálisis recientes han encontrado asociaciones pequeñas, pero significativas, entre mayor tiempo de exposición a pantallas y menor rendimiento en algunas medidas de funciones ejecutivas en la infancia temprana, incluyendo procesos como la memoria de trabajo, la inhibición conductual y la flexibilidad cognitiva26–29.
Globalmente, la literatura disponible sugiere que mayores niveles de exposición digital durante la primera infancia se asocian con diferencias en diversos dominios del desarrollo cognitivo. Aunque la magnitud de estas asociaciones suele ser pequeña y los estudios disponibles no permiten establecer relaciones causales, la convergencia de resultados en múltiples cohortes poblacionales sugiere que la exposición digital constituye un factor ambiental potencialmente relevante en la organización de las experiencias tempranas que sustentan el desarrollo infantil25–29.
No obstante, los mecanismos subyacentes a estas asociaciones siguen siendo objeto de debate. Entre los posibles mecanismos que podrían explicar estas relaciones (Fig. 1) se encuentran la alteración de las rutinas de sueño asociada al uso de pantallas28–30, el desplazamiento de experiencias enriquecedoras relevantes para el desarrollo y la estimulación cognitiva temprana20–23, las posibles modificaciones en los patrones de interacción de los niños y sus cuidadores derivadas del uso de dispositivos digitales (technoference)31.
El sueño como mecanismo mediador
El sueño desempeña un papel fundamental en el desarrollo cerebral a lo largo de la infancia y la adolescencia28–30. Durante el sueño se producen procesos esenciales para la consolidación de la memoria, la reorganización sináptica y la regulación emocional, todos ellos implicados en el aprendizaje y en la maduración de diversas funciones cognitivas28–30. Por este motivo, las alteraciones en la duración o la calidad del sueño durante el desarrollo se han asociado con dificultades en la atención, el rendimiento académico y la regulación conductual28–29.
Uno de los hallazgos más consistentes de la literatura sobre medios digitales en población pediátrica es la asociación entre el uso de pantallas y diferentes alteraciones del sueño28,29. Algunas revisiones sistemáticas y metaanálisis han mostrado que una proporción significativa de los estudios disponibles encuentra asociaciones entre mayor exposición a pantallas y menor duración del sueño, mayor latencia de inicio del sueño y peor calidad subjetiva del descanso nocturno28,29.
Se han propuesto distintos mecanismos para explicar estas asociaciones. Uno de ellos es la exposición a la luz emitida por las pantallas durante las horas previas al sueño. La luz azul puede influir en la regulación del ritmo circadiano mediante la supresión de la secreción de melatonina, una hormona clave en la regulación del ciclo sueño-vigilia30. Este efecto podría retrasar el inicio del sueño cuando los dispositivos se utilizan durante la noche.
Otro mecanismo potencial se relaciona con la activación cognitiva y emocional asociada a determinados contenidos digitales. Actividades como los videojuegos o el consumo de contenidos altamente estimulantes pueden incrementar el nivel de alerta fisiológica antes de dormir, dificultando la transición hacia el sueño28,29. Asimismo, el uso prolongado de dispositivos puede desplazar el horario habitual de acostarse, reduciendo el tiempo total disponible para dormir28,29.
Dado el papel del sueño en múltiples procesos del neurodesarrollo, las alteraciones del descanso asociadas al uso de dispositivos digitales podrían actuar como un mecanismo mediador a través del cual los entornos digitales influyen indirectamente en diferentes dominios del desarrollo cognitivo.
Desplazamiento de experiencias y coste de oportunidad
Una de las hipótesis con mayor respaldo en la literatura actual es la del desplazamiento de experiencias (displacement of experiences), estrechamente relacionada con el concepto de coste de oportunidad (opportunity cost) aplicado al desarrollo infantil26,27. Según este enfoque, al menos parte de las asociaciones observadas entre entornos digitales y desarrollo infantil podría explicarse por mecanismos indirectos relacionados con la organización del tiempo y la calidad de las experiencias cotidianas durante la infancia. El tiempo de uso de dispositivos digitales puede competir con la participación en experiencias fundamentales para el desarrollo cognitivo y socioemocional21–23,26,27. Este desplazamiento temporal podría traducirse en una menor exposición a interacciones y experiencias cotidianas clave para el desarrollo, como la interacción verbal con adultos, el juego libre o la lectura compartida, actividades que desempeñan un papel central en la estimulación lingüística, el aprendizaje social y la regulación conductual.
Un segundo mecanismo potencialmente relevante es la denominada interferencia tecnológica (technoference)31. Este término hace referencia a las interrupciones en la interacción familiar provocadas por el uso de dispositivos digitales por parte de los adultos31. Algunos estudios han documentado que el uso de smartphones por los padres durante momentos de interacción cotidiana puede reducir la frecuencia y la calidad de las interacciones con los hijos, incluyendo el contacto visual, la comunicación verbal y la capacidad de respuesta parental (parental responsiveness)31. Durante los primeros años de vida, las interacciones contingentes entre el niño y sus cuidadores constituyen un mecanismo fundamental para la adquisición del lenguaje, el aprendizaje social y la regulación emocional23,24. Por ello, cualquier factor que reduzca la calidad o la frecuencia de estas interacciones podría tener implicaciones para el desarrollo.
Evidencia neurobiológica emergente sobre exposición digital y desarrollo cerebral
El cerebro infantil se caracteriza por una elevada capacidad de reorganización estructural y funcional en respuesta a las experiencias del entorno19. Este fenómeno, conocido como plasticidad cerebral, permite que las redes neuronales se adapten y especialicen en función de las demandas cognitivas, sociales y sensoriales a las que el niño está expuesto durante el desarrollo17–19.
Numerosos estudios en neurociencia del desarrollo han demostrado que las experiencias ambientales durante la infancia pueden influir de manera significativa en la organización de circuitos cerebrales implicados en el lenguaje, la memoria y las funciones ejecutivas19–22. Entre estos factores se incluyen la estimulación lingüística temprana, la interacción social recíproca, el juego exploratorio y la participación en actividades cognitivamente estimulantes, que se han asociado con cambios en la conectividad y la eficiencia de redes cerebrales relevantes para el aprendizaje24,25.
Los entornos digitales pueden entenderse como un elemento más dentro del conjunto de experiencias ambientales que configuran el desarrollo cerebral. Gracias a los avances en técnicas de neuroimagen, algunos estudios han comenzado a explorar si las diferencias en los patrones de exposición a medios digitales podrían asociarse también con variaciones en la organización estructural o funcional del cerebro en desarrollo32–34. Los principales estudios que han explorado estas asociaciones mediante técnicas de neuroimagen aparecen resumidos en la tabla 3.
Tabla 3. Estudios neurobiológicos sobre exposición digital y desarrollo cerebral
| Autor, año | Cohorte, país | n | Edad | Técnica | Medida de exposición | Hallazgo principal | Limitaciones |
|---|---|---|---|---|---|---|---|
| Hutton et al., 202032 | Cohorte pediátrica, EE.UU. | 47 | 3-5 años | Resonancia magnética por difusión | Tiempo de pantalla (cuestionario parental) | Mayor exposición a pantallas se asoció con menor integridad de tractos de sustancia blanca implicados en lenguaje y alfabetización emergente | Tamaño muestral pequeño, diseño transversal |
| Casey et al., 2018 (ABCD Study)33 | Adolescent Brain Cognitive Development Study, EE.UU. | > 11.000 | 9-10 años | Resonancia magnética estructural y funcional (protocolo multimodal) | Variables ambientales y conductuales recogidas en la cohorte (incluyendo uso de medios digitales) | Descripción del protocolo estandarizado de adquisición de neuroimagen en una gran cohorte longitudinal diseñada para estudiar factores ambientales, conductuales y biológicos del desarrollo cerebral | Artículo metodológico sin análisis específico de asociaciones entre exposición digital y marcadores neurobiológicos |
| Paulus et al., 2019 (ABCD análisis)34 | Adolescent Brain Cognitive Development Study, EE.UU. | > 11.000 | 9-10 años | Neuroimagen estructural (resonancia magnética) | Uso de medios digitales (autorreporte) | Mayor actividad mediática digital se asoció con menor grosor cortical en regiones frontales implicadas en control cognitivo | Diseño transversal, medición basada en autorreporte de uso digital |
| Law et al., 2023 (GUSTO Cohort)35 | Growing Up in Singapore Towards Healthy Outcomes, Singapur | ≈ 500 | 12-18 meses | Electroencefalografía | Exposición temprana a pantallas | Diferencias en marcadores electrofisiológicos del desarrollo cerebral asociadas con mayor exposición digital temprana | Evidencia preliminar, asociaciones observacionales |
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La tabla resume los estudios que han explorado las asociaciones entre exposición a medios digitales y marcadores neurobiológicos del desarrollo cerebral mediante técnicas de neuroimagen o electrofisiología. La evidencia disponible es todavía limitada y predominantemente correlacional. ABCD: Adolescent Brain Cognitive Development; GUSTO: Growing Up in Singapore Towards Healthy Outcomes. |
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Uno de los primeros estudios que abordó esta relación utilizó técnicas de resonancia magnética por difusión para examinar la integridad de la sustancia blanca en niños preescolares. Se observó que una mayor exposición a medios basados en pantallas se asociaba con diferencias en la microestructura de los tractos de la sustancia blanca implicados en los procesos de lenguaje y alfabetización emergente32. Los autores describieron asociaciones entre mayor tiempo de pantalla y menor integridad en vías frontotemporales relacionadas con habilidades lingüísticas tempranas. No obstante, debido al tamaño relativamente pequeño de la muestra y al diseño transversal del estudio, los resultados deben interpretarse con cautela y no permiten establecer relaciones causales directas.
Otros estudios han explorado estas asociaciones en muestras poblacionales de mayor tamaño. Los datos procedentes de la cohorte Adolescent Brain Cognitive Development (ABCD), uno de los mayores estudios longitudinales de neuroimagen en población infantil, han mostrado asociaciones entre determinadas formas de actividad digital y variaciones en la organización estructural y funcional del cerebro33,34. Algunos análisis derivados de esta cohorte han identificado relaciones entre mayor exposición a pantallas y diferencias en regiones corticales implicadas en los procesos de atención, control cognitivo y procesamiento de recompensas34.
Otras investigaciones han explorado también posibles correlatos neurobiológicos a través de estudios electroencefalográficos. En la cohorte singapurense Growing Up in Singapore Towards Healthy Outcomes (GUSTO), una mayor exposición a pantallas durante el primer año de vida se asoció con diferencias en marcadores electrofisiológicos del desarrollo cerebral en la infancia temprana, así como con diferencias posteriores en funciones atencionales y ejecutivas durante la edad escolar35 (Tabla 3).
Aunque la evidencia disponible sigue siendo limitada y no permite establecer relaciones causales, estos estudios empiezan a delinear posibles mecanismos neurobiológicos que podrían mediar la relación entre la exposición digital temprana y distintos aspectos del desarrollo cognitivo.
Entornos digitales y neurodesarrollo durante la adolescencia
La adolescencia constituye otra etapa clave del neurodesarrollo caracterizada por una prolongada reorganización estructural y funcional del cerebro5–7. Durante este periodo continúa la maduración de la corteza prefrontal y de las redes frontoparietales implicadas en el control cognitivo, mientras que las regiones subcorticales relacionadas con la motivación y el procesamiento de recompensas muestran una elevada sensibilidad funcional6,7. Esta asincronía relativa entre los sistemas de control cognitivo y los circuitos de recompensa ha sido ampliamente descrita en la literatura de neurociencia del desarrollo y se ha propuesto como uno de los factores que contribuyen a los cambios conductuales característicos de esta etapa5–7.
En paralelo a estos procesos neurobiológicos, la adolescencia se asocia con una expansión significativa del uso autónomo de tecnologías digitales8,9. A diferencia de la infancia temprana, en la que el consumo de contenidos suele estar mediado por los adultos, los adolescentes acceden de forma más independiente a plataformas digitales, redes sociales, videojuegos y entornos interactivos. Este cambio en los patrones de uso ha generado un creciente interés por comprender cómo la exposición prolongada a estos entornos podría interactuar con los procesos de maduración cerebral propios de esta etapa.
Aunque existe una amplia literatura sobre el uso de entornos digitales durante la adolescencia, muchos de los estudios se han centrado principalmente en aspectos relacionados con la salud mental, el bienestar psicológico o el uso problemático de Internet8,9. Los estudios que analizan específicamente la relación entre exposición digital y procesos de neurodesarrollo durante esta etapa siguen siendo relativamente limitados.
Algunos estudios han sugerido que determinadas formas de actividad digital, en especial aquellas que implican una alta estimulación sensorial, recompensas inmediatas o multitarea digital, podrían influir en procesos relacionados con la atención sostenida, el control cognitivo y la regulación del comportamiento8,9. Desde una perspectiva neurobiológica, se ha planteado que la exposición frecuente a estímulos digitales altamente gratificantes podría interactuar con los sistemas dopaminérgicos implicados en el procesamiento de recompensas6,7.
No obstante, la evidencia empírica disponible en este ámbito sigue siendo heterogénea y en gran medida correlacional. Muchos estudios presentan diseños transversales y utilizan medidas autorreportadas de uso digital, lo que dificulta establecer relaciones causales entre el uso de tecnologías digitales y cambios específicos en el desarrollo cognitivo o cerebral durante la adolescencia8,9.
Algunos análisis recientes derivados de grandes cohortes longitudinales, como el estudio Adolescent Brain Cognitive Development (ABCD), han comenzado a explorar la relación entre diferentes patrones de actividad digital, rendimiento cognitivo y características estructurales o funcionales del cerebro adolescente33,34. Aunque algunos resultados sugieren asociaciones entre determinadas formas de uso digital y variaciones en las redes cerebrales implicadas en el control cognitivo o el procesamiento de recompensas, estos hallazgos deben interpretarse con cautela debido a la complejidad de los factores ambientales y sociales que influyen simultáneamente en el desarrollo durante esta etapa.
En conjunto, la adolescencia representa un periodo en especial sensible, en el cual la interacción de maduración cerebral, experiencias sociales y exposición a entornos digitales podría contribuir a configurar trayectorias de desarrollo cognitivo y conductual. Sin embargo, comprender con mayor precisión estas relaciones requerirá estudios longitudinales que integren medidas objetivas de uso digital, evaluación neurocognitiva detallada y técnicas avanzadas de neuroimagen.
Conclusiones
La relación entre entornos digitales y neurodesarrollo infantil debe entenderse como el resultado de una interacción compleja de factores biológicos, ambientales y conductuales17–19.
Más allá de los posibles efectos directos de la exposición a pantallas, la presencia creciente de dispositivos digitales en la vida cotidiana puede modificar la organización de las experiencias tempranas que sustentan el desarrollo cerebral17–19,23–25.
Durante los primeros años de la vida, procesos como la adquisición del lenguaje, la regulación emocional o el desarrollo de las funciones ejecutivas dependen en gran medida de la interacción social directa, el juego activo, la exploración del entorno y la estimulación lingüística23,24, elementos que constituyen pilares fundamentales del enriquecimiento ambiental.
Aunque la evidencia sobre efectos directos de la exposición digital sigue siendo limitada, los hallazgos sugieren asociaciones que merecen ser investigadas con mayor profundidad25–27. En este contexto de incertidumbre científica, y considerando la elevada plasticidad del cerebro en desarrollo, resulta razonable adoptar un enfoque prudente en relación con la exposición a entornos digitales en la infancia y la adolescencia10.
Desde una perspectiva clínica, los datos refuerzan la importancia de promover entornos de desarrollo ricos en interacción social, juego activo y experiencias cognitivamente estimulantes durante la infancia23,24. Mientras se amplía la evidencia científica disponible, resulta razonable alinearse con las recomendaciones de las principales sociedades pediátricas internacionales, que coinciden en evitar la exposición a pantallas durante los primeros años de vida y promover un uso limitado, mediado y contextualizado de las tecnologías digitales en etapas posteriores10.
Futuras investigaciones deberán incorporar diseños longitudinales con medidas objetivas de exposición digital, así como estudios de neuroimagen y aproximaciones multimodales que permitan esclarecer con mayor precisión los mecanismos.
Agradecimientos
La autora agradece al Dr. David Ezpeleta la invitación para elaborar esta revisión.
Financiación
El presente trabajo no ha recibido ninguna subvención oficial, beca o apoyo de un programa de investigación destinados a la redacción de su contenido.
Conflicto de intereses
La autora declara no tener conflicto de intereses en relación con el contenido del trabajo.
Consideraciones éticas
Protección de personas y animales. La autora declara que para este trabajo no se han realizado experimentos en seres humanos ni en animales.
Confidencialidad, consentimiento informado y aprobación ética. El estudio no involucra datos personales de pacientes ni requiere aprobación ética. No se aplican las guías SAGER.
Declaración sobre el uso de inteligencia artificial. La autora declara que utilizó inteligencia artificial generativa para la organización de las referencias y ajustes menores de estilo.
