EDITORIAL



No se puede hablar de amor sin mentir
 
Lola Morón
Unidad de Neuropsiquiatría, Clínica Nozaleda y Lafora, Madrid

Somos seres pragmáticos, solidarios, humildes y egoístas. Somos eso, y arrogantes cuando hablamos, especulamos e imaginamos la inteligencia artificial (IA). Hemos bautizado como IA a una serie de algoritmos computacionales que «aprenden» y «razonan lógicamente», y aún no hemos sido capaces de definir y medir en puridad qué es la inteligencia, la natural, la nuestra y la de algunos otros compañeros de viaje supuestamente considerados inferiores. Lo primero que llama la atención es que la tecnología quisiera desarrollarse imitando el culmen del desarrollo humano, pero sin contar con las humanidades. ¿Qué sentido tiene la humanidad sin las humanidades? La inteligencia es un constructo, no una fórmula. Su definición se encuentra en constante revisión y los científicos no han conseguido llegar a un acuerdo en siglos. ¿Cómo se diseña y elabora correctamente un sistema de producción «artificial» a partir de un constructo que carece de definición?  (Kranion 2019;14(1):0-0)

 
 
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